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#Cinemill: El oficial y el espía

#Cinemill: El oficial y el espía

 

El argumento del que trae causa la presente entrada, depositaria de nuestro CineMill de hoy, es el que sigue:

 

“En 1894, el capitán francés Alfred Dreyfus, un joven oficial judío, es acusado de traición por espiar para Alemania y condenado a cadena perpetua en la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa. Entre los testigos que hicieron posible esta humillación se encuentra el coronel Georges Picquart, encargado de liderar la unidad de contrainteligencia que descubrió al espía. Pero cuando Picquart se entera de que se siguen pasando secretos militares a los alemanes, se adentrará en un peligroso laberinto de mentiras y corrupción, poniendo en peligro su honor y su vida”.

Corrupción y antisemitismo. Tales parecen ser los ejes sobre los cuales se articula la trama. El argumento de la película, sin embargo, transmite un mensaje importante. Mensaje, dicho sea de paso, que nos viene a recordar la importancia de preservar los pilares en los que reposa el Estado de Derecho.

Sin perjuicio de lo que ahora se dirá, es menester poner de relieve el contexto histórico en el que se inscribe la historia. Todo ello en aras de una mejor comprensión. Pues bien, tal y como nos ha sido revelado, los hechos se sitúan en el año 1894. Es la era del imperialismo y los nacionalismos decimonónicos. A la sazón, no existía nada que se pareciera a la libre circulación de personas y mercancías, la prohibición de la discriminación por razón de la nacionalidad, entre otras libertades y principios. Antes bien, en el plano socioeconómico, el proteccionismo, el principio de trato preferencial respecto a los nacionales en el mercado de trabajo, los aranceles en cuanto sistema generalizado, etc., dibujaban los rasgos de este chovinismo decimonónico. Todo ello por mor al interés nacional. Ello se dejó sentir en el plano de la política y, en particular, en países como Francia.

 

El país galo había estado atravesando una serie de turbulencias políticas y sociales (la caída de Napoleón III, la sucesión de cuatro primeros ministros de la República, el ascenso del movimiento obrero y anarquista, entre otras), las cuales habían traído origen en el desarrollo de un arraigado y generalizado sentimiento chovinista, de tintes conservadores. Ello, entre otras manifestaciones, se reflejó en un sentimiento de aversión hacia todos estos movimientos sociales, cualesquier elemento extranjero y, en particular, los judíos. Auténticas cabezas de turco a lo largo de la historia. Concretamente, a los judíos se les acusaba de concentrar la industria y el comercio. Todo lo cual dio lugar a una ola de antisemitismo que se fue extendido cual pólvora hasta llegar a los más altos estamentos políticos y militares. En este contexto histórico hay que situar el caso Dreyfus, que trajo origen a uno de los mayores errores judiciales de la historia.

El caso arranca con una persona que está lejos de pertenecer a las altas esferas: Madame Bastian, una humilde señora de la limpieza, que, valga el eufemismo, carecía de educación elemental. “Una vulgar, estúpida y absoluta iletrada mujer”, en palabras de su jefe. No obstante, Madame Bastion no era cualquier señora. La Sra. Bastion trabajaba para la embajada alemana en Paris y, dicen, fue elegida precisamente por su condición de analfabeta. Circunstancia que, visto su perfil, le permitiría eludir el radar de la sospecha. Mas la Sra. Bastion escondía un secreto: era agente de Estadística del Estado Mayor francés. Esto es, una espía. A todo lo cual habría que destacar el dato que sigue: en la época en la que tienen lugar los hechos, no existía ninguna suerte de marco legislativo que tuviera por objeto la protección de datos de carácter personal y, por lo tanto, ni protocolos respecto a su tratamiento ni trituradoras o bolsas especiales para depositar aquellos documentos destruidos que contuvieran información sensible. Simple y llanamente todo iba a la papelera. En tales condiciones, en su doble condición de señora de la limpieza y espía, el lector intuirá fácilmente el valor de Mdme Bastion y, muy especialmente, el porqué los franceses tenían conocimiento de los pasos que daba su nación archienemiga.

 

Y sería, precisamente, un documento en concreto el que encendería la mecha del caso: el bordereau. El citado documento, en síntesis, era un anónimo dirigido a un oficial alemán, a la luz de cuyo tenor se revelaban secretos militares franceses. Quienquiera que escribiera la carta era un militar francés. Pero había más: de acuerdo con la naturaleza de la información revelada, se trataría de un militar que habría estado en contacto con varios departamentos. Solo 12 oficiales encajaban con el perfil descrito. Entre ellos el oficial Alfred Dreyfus.

Así las cosas, vista la naturaleza y el alcance de las pruebas disponibles, conforme al sentido común y la prudencia que debería caracterizar toda investigación, lo normal hubiera sido cotejar más firmas, no hacer descansar todo el material probatorio en un único documento, buscar pruebas periféricas que corroborasen o reforzasen la línea de investigación inicial y no descartar automáticamente otras posibles líneas, etc., mas nada de lo anterior era relevante. Había otro dato: Dreyfus era judío. Ello, automáticamente, lo sitúo como el principal sospechoso, al tiempo que, en un proceso en el que sus acusadores habían sido juez y parte, estaba viendo cómo sus garantías eran sistemáticamente vulneradas en aras de la justicia popular y otros intereses espurios, que clamaban una ofrenda. Y Dreyfus fue el cabeza de turco.

 

El caso Dreyfus nos viene a recordar la situación de los derechos y libertades en la época a que se hace referencia. La humanidad tendría que sufrir el flagelo de dos guerras mundiales y la tiranía de dos regímenes totalitarios para despertar. En este contexto, con fecha 10 de diciembre de 1948, mediante su Resolución 217 A (III) la Asamblea General de las Naciones Unidas proclama la Declaración Universal de los Derechos Humanos (en adelante, “DUDH”), que asume esta lección histórica, tal y como se desprende de su 2º Considerando, que dice “…que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias;”. Por todo ello, concibe la Asamblea General esta proclamación “como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades, y aseguren, por medidas progresivas de carácter nacional e internacional, su reconocimiento y aplicación universales y efectivos, tanto entre los pueblos de los Estados Miembros como entre los de los territorios colocados bajo su jurisdicción.”.

En estas coordenadas se articula el haz de derechos y libertades que más adelante constituiría el núcleo esencial de los sistemas de derechos y libertades fundamentales de las democracias actuales. Entre otros, el derecho a un juicio justo y a un juez independiente e imparcial, recogido en el art. 10 de la tan aludida Declaración, de cuyo tenor se sigue que “Toda persona tiene derecho, en condiciones de plena igualdad, a ser oída públicamente y con justicia por un tribunal independiente e imparcial, para la determinación de sus derechos y obligaciones o para el examen de cualquier acusación contra ella en materia penal.”.

 

Sin embargo, el derecho a un juicio equitativo y a un juez independiente e imparcial no empieza ni termina en la DUDH. Antes bien, su espíritu ha sido recogido en otros instrumentos internacionales. En este sentido, y más concretamente, en relación con el derecho a un juicio equitativo y a un juez independiente e imparcial: Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 19 de diciembre 1966, Convenio Europeo para la protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales de 4 de noviembre 1950 y la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea de 7 de diciembre de 2000, arts. 14.1, 6.1 y 47, respectivamente.

 

Descendiendo a detalles, cabe destacar la definición que hace el Tribunal de Estrasburgo en su sentencia de 1 de octubre de 1982, asunto Piersack c. Bélgica, respecto al concepto de juez imparcial: “ausencia de prejuicios o parcialidades”. En la misma línea, la sentencia de 15 de enero de 2015, asunto Dragojevic c. Croacia, al apuntalar dicho tribunal que imparcialidad viene a significar “ausencia de prejuicios o tendencias”. Dicha garantía, pues, asegura que cualquier sujeto sometido a la justicia no será juzgado conforme a otras consideraciones distintas a los criterios técnico-jurídicos que informan o deben informar todo procedimiento. 

Únicamente en tales condiciones, entre otras debidas observancias, el derecho a un juicio equitativo y a un juez independiente e imparcial quedan garantizados. Y ello no es baladí. Por cuanto la relajación e inobservancia dichas garantías, cuando no desprecio manifiesto, ha traído causa en las más flagrantes violaciones de derechos humanos de la historia. Entre otros, el error judicial del caso que nos ocupa. Hete aquí el mensaje oculto que nos transmite la película.

 

Es importante reparar en lo anterior, y más en este tiempo presente, en el que el discurso político demagógico y el populismo legislativo, en su avance, tratan de socavar los pilares en los que descansa el Estado de Derecho actual, y que tanto ha costado conseguir, en aras del electoralismo y la consecución de determinados intereses espurios.

El caso Dreyfus nos viene a recordar que hay que luchar cada día por los derechos y las libertades conseguidas, y no darlos por sentado.

 

Foto: Filmaffinity

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