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Idomeni, entre el humo y el polvo

Idomeni, entre el humo y el polvo
El campo de refugiados de Idomeni, en el norte de Grecia, en la frontera con Macedonia, huele a humo y sabe a polvo. El humo de las hogueras prendidas para cocinar alimentos en latas, calentar el agua para bañar a los niños, lavar la ropa, templar el cuerpo y adormecer el alma; el polvo que levantan los pies cansados de miles de personas que deambulan hundidas en sus sueños, sin perder de vista la alambrada de espino que dibuja la frontera de entrada a la península balcánica y, de ahí, al norte de Europa, a Alemania,el destino más anhelado.
 
Y entre el humo y el polvo, que penetra hasta el tuétano, los refugiados sobreviven en tiendas de campaña sobre campos de agricultores particulares que, este año, no trabajarán su tierra, abonada de sueños durmientes. Malviven ciegos, ignorantes de los derechos que les amparan. En contra de lo que determina la Directiva 2013/32 sobre la concesión o la retirada de la protección internacional, ni las ONG ni profesionales de la Administración o de servicios especializados les han proporcionado información jurídica y procedimental, ni les han dicho dónde y cómo formular la solicitud de protección internacional. Nada.
 
La inmensa mayoría desconoce qué significa ser refugiado, el estatuto especial que supone y, mucho menos, cuáles son las garantías de un procedimiento que todos los Estados de la UE se han comprometido a respetar, mediante la transposición de la Directiva citada y la aplicación del Reglamento 604/2013, que establece los criterios y mecanismos de determinación del Estado miembro responsable de una solicitud de protección internacional presentada por un nacional de un tercer país o un apátrida.
 
Amables, con una sonrisa que se pierde en el relato de los últimos años, los refugiados te cuentan en inglés, traduciéndose los unos a los otros, los más jóvenes a los mayores, que huyeron de la guerra, la destrucción, la muerte, el terror de los talibanes o la tiranía de sus dirigentes. Jóvenes que viajan solos con el propósito de abrir camino a sus familias, que emprendieron un éxodo incierto y peligroso por el que pagaron 4.000 euros a las mafias; madres, padres, familias con niños pequeños, algunas completas, otras desmembradas por la guerra, procedentes de Siria, Afganistán, Iraq, Kurdistán, etc., que han dejado atrás vidas que antes de la guerra fueron enteras, trabajos, carreras profesionales y estudios en países a los que no dudarían en regresar si allí se sintieran libres y a salvo. Candidatos ‘de manual’ a recibir protección internacional por parte de países seguros, de acuerdo con el considerando 39 de la Directiva 2013/32, que dice que «una consideración clave para establecer si una solicitud de protección internacional está justificada es la seguridad de un solicitante en su país de origen».
 
Pero ocurre que los refugiados de Idomeni no han tenido ocasión de solicitar esta protección internacional. El reloj de la norma no ha empezado a correr en Idomeni, está detenido en un punto as-fixiante, lo que supone la primera y más flagrante vulneración de los derechos humanos. En ese rincón de Grecia, del derecho a la información dependen el resto de los derechos consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, la Convención de Ginebra de 1951 y el Protocolo de Nueva York de 1967.
 
En el campo de Idomeni he visto voluntarios anónimos que, con la misma firmeza que ordenaban una fila para dispensar leche de bebé y pañales, jugaban a las palmas con los más pequeños cansados de esperar su turno; médicos y personal sanitario de ronda, atendiendo enfermedades, sobre todo, respiratorias y digestivas; policía griega, periodistas, observadores, hasta turistas de la miseria. Pero no he visto autoridades administrativas activas en el propósito de explicar y promover el cumplimiento del derecho de la Unión Europea.
 
Y he llegado a la conclusión de que, como las directivas y los reglamentos no se traducen en imágenes de impacto, en el campo de refugiados de Idomeni el Derecho se desvanece entre el humo y el polvo.
 
Por Carmen Rivas Alonso
 
Millenium DIPr

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